Hace ya bastantes años que tropecé por “casualidad” con la cinta de un grupo de música católica. Pasaba las horas enteras delante del radiocasete asombrado de todo lo que escuchaba. Fue toda una revolución para aquel jovencito de 14 años que estaba aún renqueando en la edad del pavo y sin saber muy bien lo que quería. ¡¡Cuánto bien ha hecho a lo largo de este tiempo ese poso tan bueno de música y oración!! Con el paso del tiempo fueron saliendo inexplicablemente coplillas que me ayudaban a conocerme a mí mismo. Esas primeras composiciones sin importancia se han ido convirtiendo en fieles manifestaciones de mi propio yo. No es un hobby ni una opción; es simplemente una necesidad vital como otra cualquiera; necesidad de conocerme a mí mismo y a los que me rodean; necesidad de conocer al Dueño de todo lo que existe. Me siento regalado. Creo firmemente que ALGUIEN ha preñado mis dedos de música ofreciéndome la oportunidad de dar lo que un día se me dio a mí. Unos amigos míos dijeron en una ocasión: “Somos dueños de todo en la medida que damos a todos aquello de lo que creíamos ser dueños”, y es verdad. Aunque sea una necesidad para mí, no he podido evitar compartir aquello que considero casi íntimo, para que otros -conscientes de nuestra pequeñez- den gracias a Dios como yo se las doy.