«Vosotros sois la sal de la tierra. […] Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13-14). ¿Qué cristiano no se ha sentido interpelado alguna vez con estas palabras de Jesús? El mismo Dios hecho hombre está delegando el trabajo para construir su Reino a los seres humanos. Nuevamente, es una locura de Amor. No se conforma con complicarse la vida creándonos, cuidándonos, soñando con nosotros un proyecto de felicidad y de plenitud tanto en la tierra como en el cielo… sino que además nos hace partícipes de la construcción del -tan deseado y tan ignorado- Reino de Dios.
Paloma, mi mujer, y yo nos hemos sentido interpelados siempre. El día de nuestra boda, lo elegimos como Evangelio y muchos se extrañaron. ¿Por qué no las bodas de Caná, que se proclama en la inmensa mayoría de las celebraciones matrimoniales? Aparentemente, no tenía nada que ver con lo que celebrábamos ese día. Incluso nosotros no sabíamos muy bien por qué necesitábamos acoger esta Buena Noticia como eslogan de nuestro matrimonio. Poco a poco percibimos el proyecto de Dios para con nosotros. Lo acogemos con emoción, pero también con incertidumbre.
Estaremos de acuerdo en que la Iglesia no se sustenta solo en el actuar, en el hacer, en el organizar. Jesús nos recuerda con su vida y con sus palabras que no podemos pensar en clave de efectividad, sino en clave de afectividad. Y sobre todo, afectividad con Dios. De ahí la necesidad de orar y amar. No podemos dar lo que no tenemos. Y como el andar se demuestra andando, el amar a Dios se demuestra amando lo que Dios ama. No obstante, nuestras manos se hacen pequeñas para todos los palos que hay que tocar en la Iglesia. Sigue vigente aquello de que pocos son los obreros y mucha es la mies. Será que no pedimos lo suficiente al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies.
El Concilio Vaticano II se adelantó a los acontecimientos reclamando a los seglares su papel fundamental dentro de nuestra gran comunidad. Si Jesús envió a sus discípulos de dos en dos, Dios envía a los matrimonios de dos en dos. Los esposos pueden y deben trabajar activamente por la construcción del Reino de Dios. Somos coprotagonistas de un sueño impaciente e incansable que aspira a ver felices a todos los seres humanos. Que la posible utopía no ciegue nuestra esperanza. Que no nos guardemos nuestros cinco panes y dos peces por desánimo, evitando así que Jesús haga el resto. Como sal, discretos en el mundo; y como luz, deslumbrados y deslumbrantes por Dios. Casados, sacerdotes, consagrados, religiosas… todos bajo un mismo Bautismo, con la misma misión, con distinto carisma y con la fuerza del Espíritu Santo.
Ojalá seamos consecuentes con nuestra misión. Hay mucho por cambiar; hay mucho por hacer. Seamos luz en el mundo que tanto necesita buenas noticias. Que seamos sal que dé sentido a los que no lo tienen. Dios podría solucionarnos la papeleta con un pestañeo. Nos deja mover ficha para que podamos vivir su esencia de Amor y así descubramos desde la libertad quiénes somos realmente.


Tú dirás...